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aurea mediocritas

 

Imagen

 

 

 

Como cada mañana, se levanta,

ordena sus cabellos como un gorrión

adormecido ahueca sus plumas

y observa cómo la luz se tiende

con doliente piedad sobre su piel.

 

Distraídamente

repasa con los ojos sus heridas

mientras recorre, uno a uno, los años

que en su regazo ya se hinchan

como rebosantes flores venenosas.

 

Hoy, más que ayer,

el pasado se le anuda al cuello

como un animal acobardado

y por un momento,

por un preciso momento, la luz,

con desconsolada franqueza,

le permite sentir en toda su profundidad

el abismo, la lejana oquedad

desde la que se ha terminado acostumbrando

a contemplar el mundo.

 

 

Que no os engañen sus mejillas incendiadas,

que no os confundan las flores de sangre

que, con fiereza, le parten en dos el rostro:

su cuerpo lleva una eternidad deshabitado

y cada noche yace secretamente,

amontonado e inútil,

como vieja ropa humedecida.

 

Durante todo este tiempo

el miedo ha soplado con fuerza,

tejiendo en ella una vasta red

de grutas y pasadizos,

y ahora,

ya hueca,

ya horadada por un desamparo indecible,

sostiene enternecida su presente y su pasado,

mira con detenimiento

ese órgano ulcerado que es su vida,

y con precisión de cirujano le practica

una incisión en un extremo.

 

El órgano,

majestuoso,

relincha en plena florescencia

y comienza a exudar, sigilosamente,

el futuro y su brumosa claridad.

 

Ella recoge con delicadeza

el efluvio entre sus manos

y besa, una por una,

a todas las personas que no será,

y besa, uno por uno,

todos los sueños que no verá cumplidos

y que ramificaban

en la bóveda de su pecho

insufriblemente.

 

Y los deja marchar

 

y se pide perdón,

con la vida

ya lacia

entre las manos.

 

Libre.

 

 

 

foto: bárbarabutragueño.2010.lisboa